Se dice de los testigos que son aquellos quienes dan fe de acontecimientos que han tenido la fortuna (o la desgracia) de presenciar. Puede tratarse de una boda, algún delito o bien una experiencia en masa donde todos se convierten en espectadores, pasivos o interactivos, como es el caso de un evento cultural.

 

Sin embargo, en una era que podría definirse como excesiva en el ámbito de lo virtual, pareciera que el papel de los testigos ha cambiado. Antes vivir significaba el hacer frente a los quehaceres del mundo: su magia, su poesía y también su locura trágica. Hoy viajamos a través del Internet, intercambiamos experiencias mediante la palabra escrita, la fotografía retocada y aquellos videos que muestran fragmentos de realidades cuya importancia se diluye mediante seguimos navegando en un sorprendente cosmos informativo que goza de una alarmante y apresurada capacidad de expansión.

¿Dónde queda la profundidad de la mirada cuando el testigo se convierte en cibernauta? En la experiencia del arte… si podemos visitar un Museo del Prado, un Louvre o incluso el inimaginable Hermitage desde la comodidad del hogar, ¿acaso quedará algo del impacto repentino y asombroso que sugiere presenciar las obras maestras, legado trascendente para el mundo? ¿Y hasta qué punto el milagro cibernético deforma y opaca la intensa pasión experimentada por la versión real del gran teatro de la vida? Quizá la respuesta a estas preguntas se halla donde estuvo siempre: en el espíritu y la mirada del artista; y si acaso puede hablarse de auténticos testigos, Luis Filcer está siempre en la primera fila.

En su afán por narrar su propia versión de los hechos, el profundo sentir de este pintor le empuja a seguir mirando el atractivo de la vida sin adornos, libre de tapujos y compartimientos. A pesar de su preocupación preferente por ciertos temas como el continuo ejercicio de la injusticia, la mezquindad y la guerra infatigable entre los hombres, la paleta de Filcer jamás se ve obstruida por la parcialidad. El artista se compromete a ser testigo y confesor de nuestro tiempo dentro de un ámbito en el que sus obras resultan todo-incluyentes: los radiantes colores, la libertad de las formas, la composición misma se enfocan siempre en dar a luz una versión integral de la existencia. Filcer insiste en describir de manera entrañable todo lo que halla en su camino: tanto significado aporta el fuego pasional de las ‘bailaoras’ que hechizan al tablao flamenco, como las aún vigentes y devastadoras muertes de inocentes que traen las dictaduras del siglo XXI. Según cómo se pinte, la figura femenina puede representar muchas cosas: un cuerpo desnudo y luminoso ha de simbolizar la verdad esencial; mientras que una mujer voluptuosa abrazada de hombres apoderados nos habla de una inclinación hacia todo lo corrupto. Los cuadros no son pantallas, pero sí ventanas a través de las cuales somos invitados a asomarnos y descubrir lo que esconden: el riesgo de la muerte durante la Fiesta Brava; los fértiles campos de Van Gogh quien figura ahora como personaje… y volver luego de los paisajes nobles a la fuerza bestial de los pecados capitales, recordándonos que los humanos tendemos a movernos de forma continua entre inspiración sublime y oscuridad semi-diabólica.

Testigo de luz y de sombras, Filcer sabe que en muchos lugares del mundo el ‘dar fe’ se entiende como una eterna espera por sentir la presencia de Dios, cuyo rostro queda dividido en las diversas religiones que defienden, cada una, sus distintas versiones sobre la verdad espiritual. A todas luces queda claro, al recorrer la larga historia del pintor, que el ser testigo implica mantenerse imparcial en la mirada a fin de absorber la vida como un todo; pero también implica jamás permitir que el corazón se transforme en un pasivo espectador del mundo.

Debemos recordar que la fuente de la que se nutre el expresionismo es la condición humana, no vista desde afuera sino a partir de su profundo sentir interior. Es la percepción intuitiva, conectada al sentimiento, la que revela las inquietudes que yacen en la psique humana. En este sentido, Luis Filcer ha sido capaz de revelarnos el amplísimo espectro de motivaciones que existen en la Tierra: la ambición del poder absolutista, el deseo de que triunfe la apariencia por encima de la sencillez, el anhelo por un mundo mejor pero también la ira y el desorden desatados a causa de aquellos que lo quieren todo sin participar en un intercambio equitativo. Podría creerse que se trata de una protesta más; sin embargo descubrimos que cada composición es también una metáfora del pensamiento que surge del anhelo por dar continuidad a la vida, si acaso por llegar a la comprensión de lo que habita en la esencia del ser humano. Ahí se encuentran, también, la compasión, la hermandad y un idealismo noble… luces que Filcer reconoce de inmediato y sabe plasmar de forma magistral.

Tal vez por eso Filcer haya decidido, en última instancia, que el testigo debe aparecer como presencia inmortal dentro de algunas de sus composiciones. Será que, sin saberlo, reconoce el velado peligro de un mundo cibernético. Alguien, de algún modo, debe permanecer vigía de la creación artística; de ahí que en varios de los lienzos recientemente creados el personaje en primer plano es un espectador que, si bien nos da la espalda, de hecho nos invita a contemplar, como él, un micro-cosmos sensible y apasionado que nace y se transmite dentro de cada obra. De este modo se cumple, esperanzadamente, con el acto de dar fe… y así también de recibirla.

Alex Slucki