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Hombres y mujeres de maíz. Urdimbre y trama

27 Agosto 2025 | Débora Lewinson | Artículos

Antes de la patria ya estaban ellos

Ahora que está tan cerca el 15 de septiembre y gritaremos al unísono ¡viva México! recordemos que ellos ya franqueaban las montañas, las laderas y los valles que conforman nuestro país.

Escrito por: Patgava
Fotografía: de Patgava

Cotidianamente manipulamos imágenes y con nuestros dedos las acercamos para observar sus detalles. Les propongo realizar un viaje en el que también hagamos un zoom, hasta ver muy de cerca aquello que, de una manera u otra forma parte del espacio histórico.

En ciertos momentos de nuestras vidas, muchos de nosotros hemos convivido con alguno de los tantos indígenas herederos de este territorio. Unas veces apreciamos sus maneras de ser y de hacer, otras aprendemos de ellos e incluso compartimos también formas de convivencia propias de la cultura occidental.

Sin embargo, cuando nos aproximamos —visitando sus casas, sus talleres, su
entorno, sus pueblos— , acabamos escudriñando los detalles, el significado y los significantes de sus culturas, los símbolos que los conforman y que muchas veces escapan a nuestra imaginación. 

Iniciemos un acercamiento óptico y utilicemos un dolly para deslizarnos por algunos de sus espacios: en primer plano sobresale su mundo cromático —gracias a la invención de los diversos pigmentos naturales con los cuales han recreado su cosmovisión— y sus manos como herramienta fundamental para el sustento, la creación artística y la transmisión de los saberes.

En esta ocasión detengamos el dolly en su colorido universo textil; en las tradiciones, los signos y los mensajes comunitarios que expresa su indumentaria.

Empecemos por el cómplice fiel de esta travesía creativa. Y «ahí está, viendo pasar el tiempo» el telar de cintura, entretejiendo los hilos, las voces, los rasgos culturales, la narrativa de esa segunda piel que los habita.

Su existencia es milenaria —aparece en códices y objetos (como es la figura de la Tejedora de Jaina, Campeche) del Clásico mesoamericano, aproximadamente de 200 a 900 antes de nuestra era—, y su presencia se propaga por la mayor parte de Mesoamérica y sus diferentes áreas culturales: en las regiones nahuas del altiplano central (Guerrero, Morelos, Puebla, y Veracruz); en las culturas chinanteca, mazateca, mixe, mixteca, triqui y zapoteca, en el estado de Oaxaca, y en la zona maya (Campeche, Chiapas y Yucatán).

En la propia constitución del telar se articula el arraigo de las culturas indígenas a la madre-tierra y al ciclo vital: por un extremo este se amarra al árbol-madre y la cuerda que lo une con el árbol es considerado el cordón umbilical que establece la comunicación con la vida y los antepasados. En la otra punta, la mujer lo sostiene con el mecapal atado a su cintura. La tejedora mantiene en tensión la urdimbre, es decir, el conjunto de hilos que recorren longitudinalmente el telar. Sentada sobre sus rodillas, se apresta con dos varas a realizar su labor milenaria, la construcción del relato, a través del paso de los hilos alternados que van entrelazándose con los de la urdimbre. Con el vaivén de sus caderas, en su ir y venir, la mujer —unida a la madre-tierra a través del árbol-madre y de sus antepasados— trama con sus movimientos y sus hilos, la creación.

En la elección de fibras y la distribución de figuras y colores se define la transmisión de sus códigos simbólicos, se diseña, dibujan y se escriben las metáforas.

Históricamente, el arte textil se ha combinado para entablar un diálogo con sus diosas. Como lo han hecho Xochiquétzal, diosa de las artes, de la belleza, el amor y el placer, y patrona de las tejedoras nahuas; Toci-Tlazoltéotl, la diosa del amor, del embarazo y del tejido entre los mexicas, e Ixchel, diosa maya de la luna y del arte textil, que enseña a las mujeres los entresijos y los mensajes expresados en esta práctica, convirtiéndolas en «madres de la creación».

Así lo saben y lo comunican, desde hace siglos generación tras generación, los descendientes de los pueblos originarios, así lo cuenta la poeta de San Juan Chamula, Lexa Jiménez, en Cómo la luna nos enseñó a tejer, y así lo entrelaza la poeta tzotzil Ruperta Bautista, en un fragmento de su poema Elipsis, de su libro Telar luminario:


Un silbido llega al oído de la madrugada...
Forja cantos embellecidos desde el origen.
Teje secretos ancestrales
en el telar de tejedoras jchapanej kuxlejal (artesanas de vida).

Cada grupo étnico borda en sus prendas su propio relato, dejando huella de su arte y de su identidad. Como señalan Juan Villoro, en No soy un robot, y María Oliva Méndez en su ensayo El telar de cintura, inmanencia itinerante de la memoria: «Los textiles integran un complejo código de significados. Sus hilos anudan la memoria... La vestimenta indígena es una narrativa en movimiento».

Muestra de ello es el huipil tradicional de las mujeres triqui, originarias de la región occidental del estado de Oaxaca, prenda que simboliza un proceso de transformación inspirado en la metamorfosis de la mariposa: la cabeza de la mujer que lo porta se asocia con el sol; el color rojo remite a la oruga, y las líneas multicolores evocan el vuelo de las mariposas. Los listones verdes en los extremos representan la tierra y la naturaleza, mientras que los tonos azul y morado aluden al cielo y a la espiritualidad. 

El huipil triqui es un ejemplo más de que estas narrativas en movimiento están íntimamente ligadas al amor, al respeto y a la sabiduría que proporciona la naturaleza.

Sigamos realizando zoom una y otra vez, hagamos todos los acercamientos necesarios para conectarnos con ese mundo de arte, texturas y colores donde los símbolos, el sueño y la tradición siguen latiendo, pues a fin de cuentas somos hijos de esta madre-tierra, herederos de sus hilos y su memoria. En el mismo tono y con la misma fuerza, gritemos todos hoy y siempre ¡viva México!